Los argentinos, en general, estamos reprobados en Historia; nunca tenemos un conocimiento amplio, objetivo, justo, de nuestra historia. En consecuencia no sólo sacamos conclusiones parciales, injustas y tendenciosas, sino que nos embanderamos fanáticamente con ideas, conceptos y compromisos irreductibles.
Para nosotros, nuestros próceres, los hombres que lidiaron en uno u otro bando durante la organización nacional, y los políticos que, luego, hasta el presente, tuvieron algo que ver en nuestra evolución (o involución), fueron buenos o malos; positivos o negativos; amigos o enemigos. Así siempre: ¡Hay que tomar partido! ¡Tenemos que elegir con quien estamos! ¡y seguirlo siempre…aunque se equivoque! ¡la lealtad, viejo, antes que nada!
¿Lealtad a qué?: Al partido?, al dirigente? Al jefe?…¡o lealtad a la Patria, a la verdad, a la justicia?!
Cada episodio de la historia es una lección que tenemos que conocer y evaluar. A partir de allí debemos comprometernos con lo que creemos justo y necesario. Si es necesario plantear con responsabilidad y firmeza los cambios necesarios, ante nuestro partido, ante las autoridades o ante el público. El silencio es cómplice.


Procesando... 


























